miércoles, 5 de noviembre de 2008

Autorretrato

Mágico segundo
Leonardo Sánchez van Schermbeek

Las estadísticas dicen que por cada segundo que pasa, nace y muere una persona. El 21 de agosto de 1988, un terremoto, ocurrido en la zona fronteriza entre India y Nepal, dejó setecientas cincuenta víctimas mortales. Ese mismo día, a las seis y tres de de la tarde, en Caracas, Venezuela, nací yo: Leonardo José Sánchez van Schermbeek. Para no ser injustos con las estadísticas, diré que al menos setecientas cuarenta y nueve personas más nacieron ese día, en ese momento.

Diecinueve años después, me encuentro escribiendo mi autorretrato. Dicho así parece que estuviese escribiendo mis memorias. ¿Eso no lo hacen las personas de la tercera edad? Pero esto no viene al caso.

Lo primero que diré, es que peso cincuenta y cinco kilos. Algo flaco, ya lo sé, pero me ha funcionado. Altura: un metro ochenta centímetros. Algo alto, también lo sé, pero no me ha molestado. Cuando era pequeño, tenía el cabello rubio, casi blanco. A medida que los años han pasado, mi cabello sufrió una metamorfosis y ahora es de un tono castaño claro. (Castaño claro en una versión copiada del tono rubio). Mis ojos son marrones y se esconden detrás de unos lentes con una montura azul. Podría decir, casi con pena, que a esta edad, tengo una incipiente barba, tan incipiente como un niño que juega a ser grande. Por cierto, también ha funcionado.

Al parecer he resultado ser un buen hijo, o mis padres han resultado ser buenos padres. Eso pensé cuando pedí un regalo a los cinco años y, nueve meses después, apareció lo que hoy es mi hermana. Ha resultado ser un buen regalo; pero estas líneas no son para ella, son para tratar de definir quién soy. Sigo.

Siempre se me ha dado bastante bien ese proceso llamado socialización. Si bien no soy un activista por la paz, trato de llevármela bien con las personas que me han rodeado, personas que, de una u otra manera, ayudaron a que me convirtiera en lo que soy.

Suelo ser una persona bastante impaciente. Esa frase de “dar tiempo al tiempo” más que sabia, me parece necia. A ratos, aunque he aprendido a controlarlo, me cuesta ser tolerante. Siempre me ha gustado imponer mis ideas. Atribuyo descaradamente esta virtud, o defecto, a mi signo zodiacal, si es que es posible creer del todo en el mágico y “misterioso” mundo de la astrología.

Digamos que nunca he sido el típico chico normal, es decir nunca he resultado ser lo suficientemente convencional. Unos prefieren el fútbol, otros prefieren el béisbol, incluso algunos prefieren el ballet. Yo, prefiero el teatro. Éste sí es un gran capítulo en mi vida. Desde sexto grado comencé a practicarlo seriamente. Fue en el grupo de teatro universitario para niños “El Chichón” donde inicié mis primeros pasos sobre las tablas. Puedo decir con nostalgia, que los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, fueron mi segunda casa durante gran parte de mi adolescencia. Pero los ciclos de la vida pasan y se terminan. Hoy en día, me encuentro haciendo teatro en el grupo de la Universidad Católica Andrés Bello. El teatro es una constante que me define. Me ayudó a crecer y a formar mi carácter, y lo seguirá haciendo.

Posiblemente nadie sea capaz de escribir un reflejo de sí mismo en dos páginas. Yo no seré la excepción. Esto es sólo un abreboca de lo qué soy o la raíz de lo que podría ser. Para mayor información, preguntar al autor de este autorretrato, quién agradece a las estadísticas, a las víctimas de aquel 21 de agosto, y sobre todo a aquel mágico segundo, la oportunidad de vivir.

martes, 4 de noviembre de 2008

Hurgando

Hurgando y hurgando encontré este cuento. Lo escribí en tercer semestre de la carrera para la materia de Redacción II.

De cómo se vuelve loco un caballo

Doctor, debo confesar que estoy aquí por que ya no aguanto más. Necesito alguien con quien hablar para sopesar mi locura.

Comenzaré diciendo que mi nombre es Rocinante, nombre que me impuso el principal responsable de esta crisis; eso usted debería saberlo. Tengo cuatrocientos años y estoy acabado. No creo estar del todo loco, de lo contrario, no hubiese venido por voluntad propia, pero sí creo que tantos años al lado de mi dueño me han afectado. Le contaré, o recordaré, como se inició toda esta experiencia que ha sido tan penosa y difícil para mí.

Todo empezó cerca del año 1605, cuando aún yo no estaba tan venido a menos. Un día, mientras almorzaba en la ciudad de La Mancha, justo antes de pedir el postre, se me acercó un hombre misterioso. Era alto, flaco, pálido y con un aspecto de cansado que daba lástima. Temí por mi vida doctor, siempre he sido algo paranóico, y aquella escena parecía un secuestro. Traté de no relinchar para no parecer cobarde. El hombre se acercó, y me susurró al oído que tenía grandes planes para los dos, que juntos recorreríamos el mundo y ganaríamos fama. Aquello no sonaba nada mal. Entonces decidí hacerle caso, no tenía mucho que perder, así que nos encaminamos a lo que parecía ser un futuro prometedor.

Hubo un primer indicio que me hizo pensar que ese futuro no sería tan prometedor, y fue cuando noté que mi nuevo dueño no me alimentaba bien. Nunca fui un caballo de trote, pero tampoco estaba tan descuidado, digamos que ser libre era mejor que estar sometido a las órdenes de alguien. Otro aspecto que había llamado mi atención era el notable desequilibrio de mi dueño. Incluso se había inventado un nombre de “caballero”, así que todos debían llamarle: Don Quijote de La Mancha. Eso también lo debe saber usted.

Los días comenzaron a hacerse largos, hasta que mi señor decidió emprender su primera aventura formal. Como no estaba bien alimentado, difícilmente podía soportar el peso de mi jefe, y como era de esperarse, la utopía idílica de mi amo por defender los ideales fracasó en su primer intento. Al menos, en esa oportunidad, el que salió lastimado fue él. Las cosas se pusieron graves cuando yo también comencé a salir herido. Esas condiciones no estaban implícitas en el futuro prometedor, a menos que estuvieran escritas en letras pequeñas dentro del contrato.

Un día, como usted bien sabe, el desquiciado de mi dueño confundió unos molinos de viento ubicados en el campo de Criptana de La Mancha, con unos gigantes. Sin pensarlo, me obligó a lanzarme contra ellos. Por supuesto, casi me arrancan la cabeza. Me doblé la pata y, como siempre, tuvimos que volver a casa, con el amargo sabor de la derrota. Todas estas pérdidas, unas tras otras, iban consumiendo mi ego. En las noches lloraba. Lloraba solo.

Conforme pasaba el tiempo, aumentaban las batallas perdidas. Mi inseguridad fue creciendo. Ya no me sentía un caballo capaz. Aquel hombre había destruido mi confianza. Fue entonces cuando decidí, ante el temor de convertirme en burro, acudir a usted. Necesito ayuda doctor Cervantes, sólo usted, creador de todas mis miserias y desventuras, puede ayudarme.

Podría escribir...

La poesía ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. La poesía me acompaña a mí también a lo largo de la carrera. Me permito compartir algunos escritos...

Bájale volumen a tu silencio
Me atormentas…

Como piedra fría
me ignoras…
Devuélveme el tiempo
Que fue tuyo y mío…

…Y las ganas

Y el sentir
Que sólo yo tengo
Aún.


No te escondas de mí
La alfombra gastada
El polvo
Tus miedos
Ya no te protegerán más

No te ocultes en silencio
Que te oigo
Te siento.

Sigue caminando en círculo
Y vuelve al centro…
Donde espero,
donde resisto,
Ansío
Y callo.


Evítame el tener que volar
a ti.
no busques dentro de la mentira
que se ha convertido
este espacio que
mantenemos oculto.

Ahórranos el disfraz
que nos ponemos en,
cada
historia.

Entonces sé juego,
mueve mis fichas
he intenta
Ganarme.
Leonardo van Schermbeek

miércoles, 29 de octubre de 2008

Aquí estoy,
dominado por el hastío,
consumido por el silencio.

Aquí estoy,
caminando prohíbido,
susurrando solo.

Aquí estoy,
a medio terminar,
con sueño profundo,
con palabras vacías.

Aquí estoy,
con Diálogos finales,
con camisa de fuerza,
a tiempo completo.

Aquí estoy,
detenido y atado,
con una función por llegar,
con una clase por terminar.

Aquí estoy,
a punto de salir y...
comer

No desesperes
No te ahorques...

estudia,
ensaya,
estudia,

ensaya (incluso los sábados),

y aún más importante:

duerme.