Mágico segundo
Leonardo Sánchez van Schermbeek
Las estadísticas dicen que por cada segundo que pasa, nace y muere una persona. El 21 de agosto de 1988, un terremoto, ocurrido en la zona fronteriza entre India y Nepal, dejó setecientas cincuenta víctimas mortales. Ese mismo día, a las seis y tres de de la tarde, en Caracas, Venezuela, nací yo: Leonardo José Sánchez van Schermbeek. Para no ser injustos con las estadísticas, diré que al menos setecientas cuarenta y nueve personas más nacieron ese día, en ese momento.
Diecinueve años después, me encuentro escribiendo mi autorretrato. Dicho así parece que estuviese escribiendo mis memorias. ¿Eso no lo hacen las personas de la tercera edad? Pero esto no viene al caso.
Lo primero que diré, es que peso cincuenta y cinco kilos. Algo flaco, ya lo sé, pero me ha funcionado. Altura: un metro ochenta centímetros. Algo alto, también lo sé, pero no me ha molestado. Cuando era pequeño, tenía el cabello rubio, casi blanco. A medida que los años han pasado, mi cabello sufrió una metamorfosis y ahora es de un tono castaño claro. (Castaño claro en una versión copiada del tono rubio). Mis ojos son marrones y se esconden detrás de unos lentes con una montura azul. Podría decir, casi con pena, que a esta edad, tengo una incipiente barba, tan incipiente como un niño que juega a ser grande. Por cierto, también ha funcionado.
Al parecer he resultado ser un buen hijo, o mis padres han resultado ser buenos padres. Eso pensé cuando pedí un regalo a los cinco años y, nueve meses después, apareció lo que hoy es mi hermana. Ha resultado ser un buen regalo; pero estas líneas no son para ella, son para tratar de definir quién soy. Sigo.
Siempre se me ha dado bastante bien ese proceso llamado socialización. Si bien no soy un activista por la paz, trato de llevármela bien con las personas que me han rodeado, personas que, de una u otra manera, ayudaron a que me convirtiera en lo que soy.
Suelo ser una persona bastante impaciente. Esa frase de “dar tiempo al tiempo” más que sabia, me parece necia. A ratos, aunque he aprendido a controlarlo, me cuesta ser tolerante. Siempre me ha gustado imponer mis ideas. Atribuyo descaradamente esta virtud, o defecto, a mi signo zodiacal, si es que es posible creer del todo en el mágico y “misterioso” mundo de la astrología.
Digamos que nunca he sido el típico chico normal, es decir nunca he resultado ser lo suficientemente convencional. Unos prefieren el fútbol, otros prefieren el béisbol, incluso algunos prefieren el ballet. Yo, prefiero el teatro. Éste sí es un gran capítulo en mi vida. Desde sexto grado comencé a practicarlo seriamente. Fue en el grupo de teatro universitario para niños “El Chichón” donde inicié mis primeros pasos sobre las tablas. Puedo decir con nostalgia, que los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, fueron mi segunda casa durante gran parte de mi adolescencia. Pero los ciclos de la vida pasan y se terminan. Hoy en día, me encuentro haciendo teatro en el grupo de la Universidad Católica Andrés Bello. El teatro es una constante que me define. Me ayudó a crecer y a formar mi carácter, y lo seguirá haciendo.
Posiblemente nadie sea capaz de escribir un reflejo de sí mismo en dos páginas. Yo no seré la excepción. Esto es sólo un abreboca de lo qué soy o la raíz de lo que podría ser. Para mayor información, preguntar al autor de este autorretrato, quién agradece a las estadísticas, a las víctimas de aquel 21 de agosto, y sobre todo a aquel mágico segundo, la oportunidad de vivir.
Las estadísticas dicen que por cada segundo que pasa, nace y muere una persona. El 21 de agosto de 1988, un terremoto, ocurrido en la zona fronteriza entre India y Nepal, dejó setecientas cincuenta víctimas mortales. Ese mismo día, a las seis y tres de de la tarde, en Caracas, Venezuela, nací yo: Leonardo José Sánchez van Schermbeek. Para no ser injustos con las estadísticas, diré que al menos setecientas cuarenta y nueve personas más nacieron ese día, en ese momento.
Diecinueve años después, me encuentro escribiendo mi autorretrato. Dicho así parece que estuviese escribiendo mis memorias. ¿Eso no lo hacen las personas de la tercera edad? Pero esto no viene al caso.
Lo primero que diré, es que peso cincuenta y cinco kilos. Algo flaco, ya lo sé, pero me ha funcionado. Altura: un metro ochenta centímetros. Algo alto, también lo sé, pero no me ha molestado. Cuando era pequeño, tenía el cabello rubio, casi blanco. A medida que los años han pasado, mi cabello sufrió una metamorfosis y ahora es de un tono castaño claro. (Castaño claro en una versión copiada del tono rubio). Mis ojos son marrones y se esconden detrás de unos lentes con una montura azul. Podría decir, casi con pena, que a esta edad, tengo una incipiente barba, tan incipiente como un niño que juega a ser grande. Por cierto, también ha funcionado.
Al parecer he resultado ser un buen hijo, o mis padres han resultado ser buenos padres. Eso pensé cuando pedí un regalo a los cinco años y, nueve meses después, apareció lo que hoy es mi hermana. Ha resultado ser un buen regalo; pero estas líneas no son para ella, son para tratar de definir quién soy. Sigo.
Siempre se me ha dado bastante bien ese proceso llamado socialización. Si bien no soy un activista por la paz, trato de llevármela bien con las personas que me han rodeado, personas que, de una u otra manera, ayudaron a que me convirtiera en lo que soy.
Suelo ser una persona bastante impaciente. Esa frase de “dar tiempo al tiempo” más que sabia, me parece necia. A ratos, aunque he aprendido a controlarlo, me cuesta ser tolerante. Siempre me ha gustado imponer mis ideas. Atribuyo descaradamente esta virtud, o defecto, a mi signo zodiacal, si es que es posible creer del todo en el mágico y “misterioso” mundo de la astrología.
Digamos que nunca he sido el típico chico normal, es decir nunca he resultado ser lo suficientemente convencional. Unos prefieren el fútbol, otros prefieren el béisbol, incluso algunos prefieren el ballet. Yo, prefiero el teatro. Éste sí es un gran capítulo en mi vida. Desde sexto grado comencé a practicarlo seriamente. Fue en el grupo de teatro universitario para niños “El Chichón” donde inicié mis primeros pasos sobre las tablas. Puedo decir con nostalgia, que los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, fueron mi segunda casa durante gran parte de mi adolescencia. Pero los ciclos de la vida pasan y se terminan. Hoy en día, me encuentro haciendo teatro en el grupo de la Universidad Católica Andrés Bello. El teatro es una constante que me define. Me ayudó a crecer y a formar mi carácter, y lo seguirá haciendo.
Posiblemente nadie sea capaz de escribir un reflejo de sí mismo en dos páginas. Yo no seré la excepción. Esto es sólo un abreboca de lo qué soy o la raíz de lo que podría ser. Para mayor información, preguntar al autor de este autorretrato, quién agradece a las estadísticas, a las víctimas de aquel 21 de agosto, y sobre todo a aquel mágico segundo, la oportunidad de vivir.